‘El reto básico consiste en acabarse 50 tacos +1 y dos refrescos en menos de una hora, y con eso no sólo no pagas los tacos que te comiste, sino que además te premiamos con 600 pesos’

De los siete pecados capitales, tal vez la gula es el que más disfruto (cosa que ya es decir, porque suelo ser bastante lujurioso). Por eso cuando me enteré que existía una taquería en el Estado de México donde literalmente te pagan por comer, resultó ser música para mis oídos. Fue así como llegué a la Taquería César Palace, ubicada en Ecatepec. Sí, la travesía fue larga —yo vivo en el Centro de la Ciudad de México— pero gordo que se respeta no puede escuchar de un lugar así y simplemente dejarlo pasar.

Ahí me encontraba ya, en el número 172 de la Avenida Faisanes, acompañado de mi fiel compañero de aventuras: mi novio. Ambos glotones de diente afilado, cuando le comenté del lugar por supuesto que me dijo: “¡jalo!”. Encontrar lugar en la taquería no fue fácil, prácticamente todas las mesas se encontraban ocupadas. Buen indicio, porque se dice que cuando una taquería no tiene gente (o cuando no hay un perro merodeando) entonces hay que desconfiarle.

 

Mientras una mesa se desocupaba, me puse a husmear en las paredes. Una de ellas, el Muro del Honor, ostentaba las fotografías de todos los que hasta la fecha han logrado cumplir el reto. Cuando al fin nos hicimos de un lugarcito, el chico que nos atendió me dijo cuántas personas habían logrado el reto de los 50 tacos: 17. Así me enteré también que llevaban ya dos años haciendo este reto, aunque la taquería tiene 13 de haber abierto sus puertas.

“El reto básico consiste en acabarse 50 tacos +1 y dos refrescos en menos de una hora y con eso no sólo no pagas los tacos que te comiste, sino que además te premiamos con 600 pesos. Pero también tenemos el reto Máximo Glotón, que es romper el récord actual, impuesto por un cliente nuestro. Él se comió 64 tacos, 4 refrescos y un postre en 44 minutos. Si alguien logra comerse ese número de tacos +1 en una hora, el ganador se hace acreedor a un premio de 2,000 pesos y un taco trofeo. Pero si de plano se los termina antes de 44 minutos, que fue el tiempo que él hizo, entonces el premio es de 2,500 pesos, el taco trofeo, y lo coronamos como el nuevo Máximo Glotón”.

 

En ese momento vi la foto del máximo glotón y no lo vi gordo, por lo que me armé de valor y dije: “en una de esas le gano, cómo de que no”. Así que, sin más, decidí entrarle al reto. Y como mi novio no quiso quedarse atrás, también decidió asumir el desafío. “Eso se llama no temerle al éxito”, pensé para mis adentros. Y así fue como los dos pedimos nuestros 50 tacos respectivamente. Pero para nuestra sorpresa, la cosa no era tan sencilla como simplemente pedir nuestros tacos y sentarnos a comer.

“Tengan estas hojas: léanlas detenidamente y una vez que hayan leído todo lo que dicen, las firman, nos las devuelven y ahora sí les podemos empezar a hacer sus tacos”, me aclaró el mesero bonachón.

Así fue como nos extendieron una carta a cada uno con los términos y condiciones, donde se especificaban cuáles eran las reglas del juego. Entre las cláusulas más importantes figuraban que los 50 tacos no se servían de una sola sentada, sino que primero te llevaban a la mesa una charola con 30 tacos. Una vez que el participante —o sea nosotros— se los terminaba, ahora sí podía ir pidiendo los tacos restantes hasta completar el desafío de los 50 tacos + 1.

Las cláusulas también decían que la bebida a consumir únicamente sería refresco (no agua, no cerveza) y que en caso de no completar el reto el comensal tendría que pagar todos los tacos que se había comido. De todas las cláusulas quizás la que me llamó más la atención fue la siguiente:

“Durante el tiempo que el concursante esté participando, no podrá ir al baño bajo ninguna circunstancia. Si aun así insiste, al momento de entrar al mismo acepta automáticamente haber perdido el reto. Al igual que si se le sorprende haciendo trampa y/o volviendo el estómago antes de cumplir el tiempo establecido”.

Al leer eso último no pude evitar preguntar: “¿y alguien sí se ha vomitado intentando cumplir el reto?” La respuesta fue afirmativa: “sí, hace muy poco de hecho, un chavo que sí pudo completar el reto y que ya no podía más, simplemente nos mostró que ya se había pasado todo el bocado, así que ya había ganado. Pero luego vimos cómo se le inflaron los cachetes de nuevo, como si tuviera un bocado. Entonces fue cuando nos dimos cuenta de que se estaba vomitando y se lo estaba guardando en los cachetes. El cuate se tuvo que salir corriendo y vomitó en la calle. Pero como sí logró completar el reto y el vómito fue después, sí ganó y le pagamos [risas]”.

 

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Con esa anécdota como antecedente, me di cuenta de que si me ocurría lo mismo ya no me sentiría tan avergonzado. Envalentonado, decidí firmar mi hoja y entregársela al muchacho. Mi novio hizo lo mismo y nos decidimos a asumir el reto. Fan de los tacos de suadero, mi chico pidió su charola inicial con 30 tacos de lo mismo. Como a mí me gusta variarle, mi charola iba más variopinta: 15 tacos al pastor, 5 de suadero, 5 campechanos y 5 de cabeza. También estaba el tema del refresco. “A mí me traes uno de mango, porfa”, dije sin dudar. “Yo una Coca Light, por favor”, dijo mi novio. Porque claro: se iba a chingar 50 tacos, pero la Coca Light no podía fallar. Ah, la belleza de la ironía.

Fue así como comenzamos el duelo. El mismo chico que nos había explicado toda la mecánica y que nos llevó los tacos, puso también en nuestra mesa un cronómetro en cuenta regresiva que marcaría los sesenta minutos. Ahí estábamos, mirándonos de frente. Estaba nervioso y hasta me temblaban las manos: más allá de un duelo contra la taquería se había vuelto una cuestión de honor. Ya en ocasiones anteriores nos habíamos desafiado el uno al otro a ver quién tragaba más, pero en esta ocasión había espectadores, un cronómetro e incluso un contrato de por medio.

¿Comería más él, o el vencedor sería yo? Eso estaba por verse.

Exgordos ambos, nadie nos contaba lo que era ceder al impulso de la gula. Así que comenzamos a hincarle el diente a nuestros tacos. Sorpresivamente, no se sentían tan grandes. De un par de bocados podía comerme uno. “A huevo, yo creo que sí lo voy a lograr”, pensé en un momento de fugaz optimismo. Ya cuando iba a por el taco número 10, pensé “a lo mejor no lo consigo, ¡todavía me faltan 49, carajo!” Y las dudas comenzaron a asaltarme. Seguí comiendo, fingiendo naturalidad, pero por mi mente pasaban cosas como “chale, no debí desayunar tanto y tan tarde” o “no debí haberme tragado esa bolsa de Fritos de chorizo hace rato”.

 

Cuando iba por el taco número 13 tuve que desabrocharme el pantalón. Me pedí el segundo refresco: ahora sería uno de guayaba. “Todo está en la mente”, me repetía, pero al parecer mi mantra no estaba surtiendo efecto. “¿Estás bien? Te ves un poco pálido”, me dijo mi novio. “No pasa nada, estoy chido”. Pero no lo estaba. Pasando el taco 15 ya estaba pasándola muy mal. Pero no podía dejar de comer; no, no, no y no. ¡Todavía no llegaba ni a 20! Además, mi novio seguía comiendo como si nada, mientras veía el maratón de Resident Evil que pasaban en la pantalla de la taquería.

“Carajo, no puedo ser tan pinche loser” me dije en el taco 17 y medio. Ya no podía más. Sentí que podía comenzar a vomitar en cualquier momento. “Si no quieres, ya no comas más”, me dijo mi morro, visiblemente preocupado. Él se comió 19. Un taco y medio más que yo. Me sentí avergonzado, humillado y abatido. Pero sobre todo indigesto y a punto de guacarear. Pedimos el resto de los tacos para llevar, porque si bien sabíamos que ahorita estábamos llenos, como buenos gordos seguramente mañana (o tal vez al rato) nos iba a volver a dar hambre. Pagamos y nos marchamos.

En el camino de regreso a casa sólo podía pensar. “Qué vergüenza. No merezco ser llamado gordo. Le he fallado a mi gremio, le he fallado a mi adolescente interior obeso que en sus buenos tiempos se hubiese tragado sin broncas al menos 30 tacos sin parpadear”.